viernes, 31 de diciembre de 2010

PALOMA

Fui paloma de alas mutiladas
por el inquietante viento de mis sueños,
obsceno engranaje de fútiles noches de excesos;
mas llegaste a mi vida, mimetizado de húmido relente,
para empapar de iridiscentes metáforas la aurora boreal.

Temprano amanecerá el gélido invierno,
vistiendo de albar las dilatadas alamedas,
lustrando de bronce las lobuladas hojas de los arces,
engañando al destino con la burla cruel de un espejismo,
saciando mi sed y mi hambre de tu codiciada carne.

Más pronto que tarde emergerá tu silueta recortada
sobre el grisáceo humo que exhalan tus bronquios,
y vislumbraré, en lontananza, entre el vapor de la locomotora
que fuera artífice del óbito, por puro amor, de Anna Karénina,
esa sonrisa corsaria que quebranta mi juicio hasta la expiación,
que extravía mis convulsos músculos y me trueca en voraz sierpe,
reptando, voluptuosa y lasciva, sobre tu fibrosa anatomía,
salivando tu salobre virilidad hasta fundirla en nimbos de azúcar,
jadeando y gimiendo sobre la cima de tus más lúbricos deseos.

Mayte Dalianegra

Pintura: “Mona”, 2009, Kiéra Malone

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jueves, 30 de diciembre de 2010

DOLIENTE AUSENCIA...

La oscura angustia de la plañidera azota mi pecho
en el callado remanso de la aurora,
cuando la tierra, humeante de sal y azufre, me espera,
y la noche, temerosa de un onírico universo, aún gotea.

La placidez de un sueño inconcluso evoca una dulce ambrosía,
el melifluo jarabe de tus besos amagando alcanzar mis labios trémulos
o la suave sinfonía de tu piel engendrando pavesas en la mía,
convulsionando mis vísceras como tenias en insufrible ayuno,
en esa  hambruna silenciosa y lóbrega que tu cuerpo huido me suscita.

No soportan mis entrañas la ausencia de las tuyas,
remisa mi rubicunda concavidad a la omisión de tu boca,
al desamparo de tus robustas manos, a la deserción de lo convexo,
vigoroso alminar que arroba la cúspide de mi consciencia
elevándome - grácil garza - hacia el rutilante topacio
de un firmamento pertrechado de luceros.

No se conforman mis ojos con el recuerdo de los tuyos,
gavilanes furibundos hincando sus garras en mis pupilas,
erizándome los poros, aguijoneando mis carnes,
escaldando mi sangre, espoleando mis sentidos.

No se acomoda mi alma a saberte ahora tan lejos,
a esa espera impaciente y tosca que desbroza el olvido
y despelleja la nostalgia, que zozobra en la memoria
para, abatida y consternada, doliente en este destierro,
anhelar, enfervorizada hasta la demencia, el ansiado regreso de tus huellas.

Mayte Dalianegra.

Pintura: “Onirique”, (Onírico), 2009, Ralph Heimans, colección privada, Sydney.

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domingo, 19 de diciembre de 2010

LUNA.

Luna, cascabel de plata fina
suspendido en la negrura,
ajorca coruscante de la noche
que bañas el regazo de la tierra
de albino y nacarado resplandor,
que tiñes de luces y de sombras,
de fantasmas de castillo medieval,
las piedras de senderos infinitos,
esos ríos de cauce sin caudal.

Luna, orondo lucero,
sinuoso anfiteatro estelar,
enroscada sierpe de volcánica piel
que creces y menguas a voluntad,
retuerces los mares, avivas sus aguas,
y hasta los niños te saben cantar.

Luna, mostrando el rostro
que no puedes ocultar,
visitas mi casa a estas horas,
te veo en  mi florido ventanal
y me pregunto, si en la distancia,
mi amado también te admirará.

Mayte Dalianegra.

Pintura: "Le crepuscule", (El crepúsculo), 1882, William Adolphe Bouguereau. Colección privada.
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sábado, 4 de diciembre de 2010

TU MIRADA.

Exhalaba el día su embriagador aliento a jazmín y hierbabuena
cuando la albura se evaporaba en un mar de oscuridades,
en las postreras horas de la tarde, aquéllas en las que Orión
asaetea frágiles gacelas de infructuoso zigzagueo,
y ebrio de su magras carnes, ahíto de rumiar su gloria,
escupe fuego crepuscular sobre la aljaba de Artemisa.

Fue durante ese tiempo que cobijaste tu testa en mi regazo,
relajado y fértil de cometas y de estrellas,
advirtiendo entonces el rubor que tintaba mis mejillas,
arreboladas éstas ante el impúdico descenso de tan dilatadas pupilas.

Cleopatra, con su untuosa sonrisa de miel y dátiles maduros,
jamás recibiera de César ni de Antonio tan lasciva mirada,
jamás la reina del Egipto de los Lágidas, envuelta en cendales,
o cubierta con el oro del país de Punt o con lapislázuli y turquesas afganas,
fuera objeto de tal acechanza, de ese deseo desenfrenado y ciego
que manifiestan quienes rotan su corazón en torno al sol,
quienes arden en la hoguera del delirio concupiscente
y renacen, fortalecidos, como árboles de ramas taladas,
muertas las hojas a sus pies, marchitos los frutos, consumidas las raíces,
pero viva la médula, vigorosa, firme, erguida, enhiesta,
orgullosa de un destino imperecedero.

Mayte Dalianegra.

Pintura: "The finding of Moses", (El hallazgo de Moisés), 1904, Lawrence Alma-Tadema.

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jueves, 2 de diciembre de 2010

NUESTROS OJOS.

En las cuencas de mis ojos
nacen dos serenos mares,
 espectros tornasolados de arco iris
o centelleantes esmeraldas
engarzadas, con pulcro esmero,
en el bruñido oro del crepúsculo,
que se tornan tempestuosos
cuando, ansiosos, escudriñan
la tersura satinada de la noche,
rastreando, con el vértice de los nervios,
la huella que en ella dejaron los tuyos,
esos brunos abismos de caleidoscópica simetría,
que me observan como mira el sol a la estrellas.

Mayte Dalianegra.

Pintura de Rolf Armstrong, (1889 - 1960).

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sábado, 27 de noviembre de 2010

LLÉVAME AL SUR.

La luna brilla engastada
en la noche gaditana,
con el mármol de su rostro
asido al pitón de un toro,
bailando hasta la mañana
en un tablao celeste.

La luna tiene un balcón
sobre las olas de plata,
ciñe su frente una tiara
de nubes enjalbegadas,
mientras relumbran luceros
de cobrizo almazarrón.

Me mira esa luna blanca
con sus ojitos de nata,
me pide clavo y canela
y una copa de aguardiente,
para remontar la pena
de no poder ver el sol.

Quiero estar allí presente
antes del amanecer,
cuando la luna se vaya
a dormir a su morada,
ansío saciarme de ella
reposando en tu almohada.

Llévame al sur, marinero,
en tu nave de azafrán,
con la vela a sotavento,
con el mar en mis caderas
cabalgando un alazán.

Mayte Dalianegra.

Pintura de Valery Tsukakhin.

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miércoles, 24 de noviembre de 2010

UNA NIMIA DISPUTA AMOROSA DEL SIGLO XXI...

Tal vez, arrebatada, llevada por la ira, quisiera desprenderme de cuanto de ti hay en mí y de cuanto de mí existe en ti, y adelantarme, rauda cual saeta,  a tu necia decisión, y eliminarme de tus correos y de tus blogs y hacer lo mismo contigo y bloquearme  y bloquearte y suprimir tus correos y los que te escribí y arrojar tus fotografías, las mías y las de ambos, juntos y revueltos, al virtual estercolero… para borrar lo nuestro, en un vano intento de desechar nuestro pasado amor y nuestro presente dolor… pero me detengo y no hago nada, esperando que seas tú, el fiero vengador, el arcángel de fuego que encienda la llama del odio y el desamor…

Y me reitero, no hago nada, aun cuando la venganza quizás aliviara un tanto el extremo tormento que sufre mi agonizante corazón, mas sabes bien que no ha nacido mi mano para portar daga alguna, ni espada de Damocles que rasure uno solo de los pelos de tu barba… que soy de lengua suelta y no me callo nada, así reventasen estrellas y volcanes si yo omitiese una sola sílaba… pero que cuanto afirmo es susceptible de ser rebatido, empero no lo es por el silencio soterrado del que calla, sino por el sosiego de la palabra meditada y calma, de aquélla cuyos cimientos se infiltran en el sustrato mismo de la sinceridad, de la certeza, por más subjetiva que ésta fuera; en definitiva, de la verdad.


Mayte Dalianegra.

Pintura: “The remarse of Orestes”, (El remordimiento de Orestes), 1862, William Adolphe Bouguereau. Chrysler Collection, Norfolk, Virginia, U.S.A.

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domingo, 14 de noviembre de 2010

ERA, ES, Y SIEMPRE SERÁ.

De espigada planta y bizarra arrogancia,
cual aguerrido veterano de los tercios de Flandes,
portaba en el alma un blasón ardiente
como el templado filo de una corva faca.

Remitía su estampa a los cuadros del Greco
en el acerado claroscuro de la medianoche,
y era varonil como el aire puro,
como el que exhalan brezos y jaras
en los agrestes montes arrullados por el contumaz Noto.

Su estirpe turdetana gemía entre preces a las carnes trémulas,
su recia sangre bética, de alazán indómito,
ansiaba rendirse a las hembras de un harén ignoto,
libando la diamantina doctrina de un felón anacoreta.

Era éste mi hombre, semental parido en nube de estrellas,
luchando en palenques con los espolones de un rayo certero,
extenuando mis fuerzas bajo ambarinas exudaciones,
rotando mi torso, asiendo mis manos, escanciando mis pechos.

Era éste mi macho, la esencia infinita de un mar encrespado
en hirvientes volutas de humores lactíferos,
el efluvio viril destilado en la ígnea alquitara de mi vientre,
el Vulcano fogoso, cuya comburente fragua arrebola las pieles
y licúa las cópulas en coladas de candente lava.

Era éste mi amante, el gallardo delfín del dios del Elíseo,
sublimado en la flamígera cabellera de un cometa,
era éste mi amado, era, es, y siempre será.

Mayte Dalianegra.

Pintura: “El caballero de la mano en el pecho" o "El juramento del caballero" (1580",  Doménikos Theotokópoulos, "El Greco". Museo del Prado, Madrid.

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domingo, 7 de noviembre de 2010

LA MALDICIÓN DE VENUS ERICINA.

En la nimbada cumbre del monte Erice,
hincada de hinojos entre floridos brezos,
rogué a la más temible de las diosas del amor
que no afligiese mi enteco corazón con el veneno de la pasión,
mas la inflexible deidad desatendió mis súplicas
y atravesaron mi pecho venablos y saetas,
desplegaron sus alas las ponzoñosas libélulas
y hasta las mariposas, de ágil y etéreo vuelo,
vertieron sobre mis labios pócimas tan deletéreas como deleitosas.

¡Ay de mí, que de amar sucumbo,
contaminada por el flujo incesante de tales filtros amatorios!
¡Ay de mí! ¿Qué hechicera, qué nigromante, elaboró tan letal brebaje?
Ni Circe, ni Medea, ni mortal alguna, podrían igualar tales efectos.

Sólo atisbar el eco de su risa,
esa álgida cascada que me arrebata el alma,
que trueca mis sentidos en columna torsa,
sólo escuchar el silencio de su mirada,
esa insondable sima donde se arroja mi enjundia,
precipitándose al vacío desde el trapecio del infinito,
sólo compartir con él la insignificante fracción de un nanosegundo…
¡y retoña en mí la felicidad más absoluta!

Mayte Dalianegra.

Pintura: "El Nacimiento de Venus", 1879, William Adolphe Bouguereau. Museo de Orsay, París.
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jueves, 4 de noviembre de 2010

EL ÁNGEL AZUL.

Llevaba entrañas de sierpe entre los dientes,
y los pezones bruñidos
por tantas manos,
como luciérnagas avivaban su mirada
al encenderse las candilejas del proscenio.

Poseía ojos de marisma
en calma enturbiados por un huracán de khol,
y los labios
 eran ciclámenes encarnados
desmadejándose
ante el paso convulso de sus palabras.

Vibraba su voz de humo
en notas graves
—sostenidas en el desfiladero de su laringe—
quebrándose en fragor de catarata.

A horcajadas sobre una silla de cabaret,
así respiraba aquel ángel azul
la noche oscura,
engendrando pasiones de hiel y cieno,
 alumbrando el despertar de una aurora marchita
en la república de las quimeras,
en el Berlín de los manumisos.

Mayte Dalianegra.

Pintura: "Cabaret", Raymond Leech.
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lunes, 1 de noviembre de 2010

COMO ISADORA DUNCAN...

En el lindero de lo finito,
mis pies desnudos, como los de Isadora,
vuelan en acrobacias y fugaces piruetas,
surcan el tiempo avanzando al revés,
suspendiéndose en un remoto pretérito,
orlando mis sienes de floridas tiaras,
cubriendo mi torso con drapeados peplos.

Danzan esos pies ansiando alcanzar los cielos
con cabriolas dignas del alígero Pegaso,
aceleran de súbito para detenerse inesperadamente,
codiciando las glaucas plumas de un quetzal,
o quizás, las membranosas alas de una mariposa monarca.

En ocasiones se muestran torpes y anquilosados
- amazacotadas tortugas de jade incapaces de movimiento alguno -
mas, otras veces, planean y se elevan hacia el firmamento,
portando, sobre ellos, la carga de mi piel y de mis huesos
y he aquí, que entonces, me siento ingrávida, sutil y etérea,
cálamo mecido por la brisa, vaporosa y liviana como el papel de seda.

Mayte Dalianegra.

Pintura: “La danza”, 1856, William Adolphe Bouguereau.

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viernes, 29 de octubre de 2010

TENGO UN AMOR.

Tengo un amor que suspira, con ascuas en las pupilas,
cuando el escarpado horizonte de mis pechos
aflora entre la bruma de su agitado resuello,
o las combadas curvas de mis caderas
inician la tremolante danza de una odalisca del Serrallo.

Tengo un amor que vibra, cuajado de arpegios,
cuando acerco mis manos, esas dos palomas torcaces
ávidas y resueltas, al volcán que se funde entre sus muslos
y origina maremotos de candente lava
bajo la nívea seda que envuelve mi vientre de nereida.

Tengo un amor cuyo sexo palpita con mi sístole y mi diástole,
engendrando movimientos sísmicos y astrales,
rugiendo enardecido con la ferocidad de un león del Atlas,
consumiendo su bravura en el crepitar de las brasas nocturnas
para renacer con las fúlgidas luces del alba, como alado Fénix,
y partir marcando el trote ligero de un unicornio azul.

Mayte Dalianegra.

Pintura: “Odalisque”, (Odalisca), 2009, Kiéra Malone.

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viernes, 22 de octubre de 2010

¿POR QUÉ?

¿Por qué el ayer no nos conforta cuando el beso
enarbola la enseña de la tibieza?
Inquirió la reina Dido a su bien amado Eneas.

¿Por qué la luna se derrama en el azogue de mis versos,
si late en mí la adamantina esperanza de lo eterno?
Interpelo yo, no como la legendaria Elisa,
sino como mies segada antes de la madurez del grano.

¿Por qué tu sonrisa se confunde con la mía
cuando tus ojos encuentran, ávidos, mi lacrimosa mirada?
¿Por qué transmutas mi quebranto en regocijo
cuando el redoble de tus palabras reverbera embotando mis tímpanos?

Yo te lo diré, te lo diré con trova de sirena silenciada por la calma,
con vuelo de libélula trocado en acendrado crisantemo,
con mis manos, que originan tornados entre tu erizado vello,
con mi boca, que se anega acopiando tu saliva en un océano.

Yo te lo diré, te lo diré con saetas inflamadas en pavesas,
te hablaré del satinado rocío que impregna mis ingles núbiles
cuando tus dedos de fauno exploran mis más ocultos senderos,
cuando tu  lengua sinuosa se interna en mi epicentro.

Mayte Dalianegra.

Pintura: "El despertar de Psique", Gillaume Seignac, (1870 - 1924).

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lunes, 18 de octubre de 2010

DE AMOR Y DE MUERTE.

Fenece Isolda en el agudo trino de una diva,
bajo el plúmbeo telón de la nostalgia,
y en bambalinas, mueren de súbito,
las bailarinas que Degas un día pintara;
el color de sus pasteles delicados
tiñe de sangre zapatillas y tutúes,
se extingue el Céfiro que Botticelli retratara
y la primavera comparte féretro con Venus Urania.

Llega la luna perfumada de tinieblas,
no halla consuelo Tristán en la alborada
y la vida se evade de sus arterias.

El fauno de Debussy no despierta de su siesta,
el verano se aboca en un diluvio de tormentas,
Mallarmé grita enojado asustando a las ninfas
y Baco alza el grial en el funeral de Ofelia.

Sigfrido perece en vano sin saber aún el porqué,
dormida yace Julieta, vela su sueño Lady Macbeth,
un grillo canta en la noche mientras, despierta,
recuerdo que ayer mismo me juraste amor eterno.

Hoy sigo viva,
hoy late íntegro el corazón que a ti te ofrendo,
hoy lucha mi alma, enfebrecida,
para no dejarme aniquilar por el lamento.

Mayte Dalianegra.

Pintura: “Bailarinas de rosa en los bastidores”, Edgar Degas, (1834 – 1917).

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sábado, 16 de octubre de 2010

SONABA UN TANGO DE GARDEL...

Sonaba un tango de Gardel
en la gramola del destino.

Bajo las sienes nevadas por el tiempo
retornan los ojos que vieron florecer
el amor que nos tuvimos, el amor que nos tenemos,
aquél que nunca habremos de perder.

Musita, pesaroso, un errante bandoneón,
entre los serpenteantes nimbos que hilvanan tus cigarrillos,
humo plomizo con áspero sabor a absenta,
noches quebradas por el eco de un tacón.

Vuelve la frente sobre el paso de la vida,
marchita y argéntea,
oteando en las sombras de un ayer que lo fue todo,
de un hoy que apenas es nada,
de un mañana que vendrá rasgándonos la mirada,
deteniendo nuestros sueños sobre barcos de papel.

Y volver y volver,
apurando la verde corola de una copa,
libando la savia de la amarga cicuta que acendra en nuestros labios,
brindando por un futuro que nunca será nuestro,
fundiendo los brazos en un crisol de fortunas
asidos a la promesa esperanzada del recuerdo,
girando, como derviches, en el eje mismo del universo.

Sonaba un tango de Gardel
tras el desvaído reflejo del otoño…

Mayte Dalianegra.

Pintura: “Provocation”, (Provocación), 2008, Hamish Blakely.

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SILENCIO.

Hoy mi voz se engalana con el moho del silencio,
de ese pesar oscuro que desgarra,
que revienta las entrañas.

Supe, tarde, pero supe,
que la flauta que nacía en mi garganta
emitía la irritante salmodia de las sirenas,
de aquellas maléficas criaturas
que, con su canto, las naves en las rocas encallaban.

Decidí entonces mutar por tristeza mi natural alegría,
orlar de negros crespones mi sonrisa,
ornar de lágrimas mi otrora centelleante mirada,
gozar de la eterna compañía de la nada…

Mayte Dalianegra.

Pintura: “Ulysses and the Sirens”, (Ulises y las sirenas), 1910, Herbert Draper.

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jueves, 14 de octubre de 2010

TE VI PARTIR...


Como Circe viera partir a Odiseo rumbo a su ansiada Ítaca,
así te vi partir, en la afilada arista de la medianoche,
desde una excelsa baranda custodiada por Selene,
y el alma, ya nudo gordiano, se me aherrojó a la laringe.

Tremolaba entonces tu diestra como carnal oriflama,
preñándome el corazón  con el dulce y untuoso esperma de tu amor.

Ahora, en el ábaco infinito del horizonte,
vislumbro el árido vacío que tu ausencia me lega,
nacen en mí inagotables mares muertos de lágrimas
cultivando una infructuosa cosecha sobre surcos de sal.
¡Ni la Cartago destruida atisbara tan gran espectro en ruinas!

La nostalgia me disuelve las vísceras
que fueron tu feudo durante unas horas,
para evocar tu nombre y tu figura,
para lamer el aire que respiras,
para postrarme ante el rastro impreciso de tu sombra
y beber de ella con la sed secular de un camélido
tras una sofocante travesía por baldías dunas,
deleitándome, con su acre sabor a recuerdo,
en la infinita prodigalidad del alba.

Mayte Dalianegra.

Pintura: “Circe offering the cup to Ulysses”, (Circe ofreciendo la copa a Ulises), 1891, John William Waterhouse.  Colección Andrew Llyod Weber.
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sábado, 9 de octubre de 2010

ERES MI TODO.

Eres mis ojos,
derramando un firmamento azulado y límpido,
exento de algodonados nimbos,
cuajado de palpitantes estrellas.

Eres mis oídos,
descargando el estrépito de la tormenta
sobre una sinfonía de cítaras y clavecines,
de laúdes y vetustas violas de gamba.

Eres mi nariz,
percibiendo el aroma de las madreselvas
que anidan en la médula de los caducifolios bosques
poblados por la herrumbre del tiempo.

Eres mi boca,
catando el sudor salobre
que delinea tus músculos tensos,
dispuestos para el fragor de una batalla de espasmos.

Eres mis manos,
acariciando tus voluptuosas formas de macho,
aquéllas que palpan la esponjosa materia
de la que están confeccionados los cometas.

Eres mis cinco sentidos,
el sedimento primigenio que originó el cosmos,
el sustrato que alimenta una irreductible estirpe de dragones,
eres, en definitiva: ¡mi todo!

Mayte Dalianegra.

Pintura: “Even”, (“Par”), 2007, Angela Fraleigh.

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martes, 28 de septiembre de 2010

CUATRO ESTACIONES.

Como la abierta corola
de una peonia rosada,
así medra este amor,
que con tierno mimo injerto,
entre cientos de ciruelos
florecidos en invierno.

Esos frutos nacerán,
y endulzarán
nuestras nieves,
y darán paso a otras mieles
más sabrosas,
de un gusto a oscura melaza,
que se fundirá en las bocas
de quienes tanto se aman.

Llegarán las primaveras
floridas entre naranjos,
y de aroma a azahares
se renovarán las calles.

Y pasearemos del brazo
bajo el sol mediterráneo,
con cerezas en las manos,
mientras se enciende el verano,
con lágrimas en los ojos
por habernos encontrado.

Y esta vez en el otoño,
cuando las hojas se muden,
como mudan las culebras
el metal de sus escamas,
nos robaremos un beso
a la sombra de un castaño.

Mayte Dalianegra.

Pintura: "Primavera", Sergei Chaplygin.

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lunes, 27 de septiembre de 2010

VOY A TENERTE DE NUEVO

Voy a tenerte de nuevo
enredado a mi cintura,
deslizándome los dedos
por la seda de mis curvas.

Vas a ceñirte a mi cuerpo
y vas a verme desnuda,
como mujer cuyo credo
se base en hacerse tuya.

Voy a sentirte muy dentro,
en mi cálida hendidura,
voy a gozarte ya en celo,
como hembra sin compostura.

Vamos a viajar muy lejos,
llevados por la locura
del lujurioso deseo
y la lascivia absoluta.

Mayte Dalianegra

Pintura de Kathrin Longhurst
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sábado, 25 de septiembre de 2010

BELCHITE.

Ya no anidan las cigüeñas en Belchite,
no repican las campanas de sus templos,
y en la torre del reloj  habita, triste,
el eco taciturno de un agujero.

No se escuchan ya las jotas en las calles,
silenciadas tras los muros derribados,
ya no juegan en los patios los zagales,
mudas voces en luctuoso desamparo.

Segó la guerra las mieses de sus campos,
para ararlos con la sal de la mentira,
y en una cruel sinrazón, yermos quedaron,
como arrasadas ruinas, faltos de vida.

Cercenada la aurora, ya no amanece,
inmolada bajo el lomo de un gigante;
las semillas del rencor y de la muerte,
esta tierra preñaron para gestarse.

Mayte Dalianegra.

Pintura: “Belchite Viejo”, (2010), Juan Antonio Moreno Aguado.


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Fotografías de mi visita a las ruinas, en agosto del 2010, de Belchite Viejo, localidad zaragozana, (Aragón, España), destruida en 1937, durante una cruenta batalla librada al objeto de expulsar del territoro a los sublevados del Bando Nacional allí atrincherados. El dictador, Francisco Franco, evitó que el pueblo fuese posteriormente reconstruido y levantó otro nuevo a su lado, quiso que fuese la divisa de su victoria, y del horror, para desprestigiar al Frente Republicano vencido. 

Mas no hubo mayor horror que el de una guerra fraticida, que fue iniciada como una cruzada religiosa en contra de lo legitimado por las urnas. Hoy, Belchite ya no es el símbolo del fracaso republicano, lo es de los horrores de la guerra en general, de algo que jamás debería volver a repetirse.

Me gustaría dedicar mi humilde poema a los caídos en esta población, de ambos bandos, y también a  JOSÉ ANTONIO LABORDETA, poeta, cantautor, político, entrañable viajero...recientemente fallecido y que fue... la voz de Aragón.

Adjunto también el enlace a un poema, dedicado a Belchite, de J.A. Labordeta ,que he publicado en otro de mis blogs, en "Música y Poemas": BELCHITE, José Antonio Labordeta




miércoles, 22 de septiembre de 2010

TU NOMBRE DE HOMBRE

Camino sola, triste,
triste y sola por calles desiertas,
grises, desprovistas de toda vida;
y entonces atino a pronunciar tu nombre,
tu nombre de hombre,
ese nombre que escancia esencia de macho,
y caigo subyugada, doblegada,
mansa al fin, pero completa,
ante la inmensidad latente de tu persona.

Mayte Dalianegra

Pintura: "Evening bolero" (Bolero de la tarde), 2009, Andrew Talbot

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martes, 21 de septiembre de 2010

LLEGASTE UN 21 DE SEPTIEMBRE...

Llegaste a mi vida un veintiuno de septiembre,
entre la hojarasca de un otoño que despunta,
con la voz triste y apagada del silencio,
llegaste, con la luz mortecina de la tarde,
y arribó la noche, y se pegaron a nuestras costillas
los alientos cansados de quienes arden
en deseos de existencias venideras,
en augurios de amores pasionales
que no pueden dar frutos ni semillas
y llorarán las ancianas plañideras.

Llegaste, amor, como la refulgencia cegadora
de un astro que al desintegrarse atruena,
dejaste entonces un baño de dolor
que empañó, por meses, mi vida entera,
alumbrando, a duras penas,
un oasis de verdor bajo la aurora.

Llegaste y, a pesar de todo, te quedaste,
pues el dolor a veces se supera,
y un manto de esperanza, que todo entrega,
se extendió alfombrando nuestros sueños.
Llegaste, amor, llegaste, para nunca más marcharte.

Mayte Dalianegra.

Para mi amado, en el día de nuestro aniversario.

Pintura: "Piel de otoño" - Óleo sobre tabla, (1994), Francisco Trigueros,
(Colección particular).

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jueves, 16 de septiembre de 2010

EL VERANO SE VA...

El verano se va, septiembre lo lleva
cabalgando a lomos de un brioso tritón,
coletea para esquivar un arpón
y sobre el espejuelado mar se aleja.

El verano se va, teñido de adelfas,
legando su estela de nácar y sal,
se hunde en las aguas como pez abisal,
remolcando en sus crines agudas penas.

El verano se va, la tarde se queda
vistiendo los cielos de plata y de añil,
espera el otoño, oculta de perfil,
pergeñando una emboscada torticera.

El verano sucumbirá en la tibieza,
ahíto de existir, fenecerá en horas,
en el meloso regazo de la aurora.

Mayte Dalianegra.

Pintura: "Expectations", (Expectativas), 1885, Sir Lawrence Alma-Tadema.

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